Marcel Proust, en su gran novela En busca del tiempo perdido, en la que volcó todo su talento literario, pero también todas sus ideas acerca del arte, la política o los sentimientos, creó distintos personajes para poder, a través de ellos, mostrar sus reflexiones. Bergotte es el escritor, Vinteuil el músico y Elstir el pintor, y a través de sus acciones, reflexiones e interacción con otros personajes, Proust dejó establecidas su concepción del arte en general, y de la literatura, la música y la pintura en particular. Pero también reflejan su pensamiento acerca de las interrelaciones entre las artes, pues Proust está convencido, como Baudelaire, de que existe una profunda unidad entre las distintas manifestaciones del arte. Así, cuando presenta a Elstir no está hablando solamente de pintura sino de su concepción más abarcadora acerca del arte.

Todo el mundo proustiano está atravesado por la trama novelesca, y las relaciones del Narrador con los tres artistas nos permiten apreciar su concepción del arte a la vez que reflejan los prototipos de artistas contemporáneos. Elstir es un artista de su tiempo, vital y comprometido con su arte, entregado a él, y si bien se han pensado diversos modelos posibles para la composición de su personaje, lo que es, sin duda, es el prototipo de artista de vanguardia de finales del siglo XIX.

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Monet: “Les nymphéas” (1907)

En En busca del tiempo perdido, Proust menciona específicamente algunos artistas de su momento, o inmediatamente anteriores, a los que reconoce un gran talento. Pero, como hemos mencionado, sus apreciaciones aparecen siempre en boca de sus personajes, y generalmente comentadas por el Narrador. El Narrador habla de las Ninfeas de Monet, una serie de obras del final de la trayectoria del pintor en las que casi roza la abstracción,  y a continuación menciona a Poussin, delante de la señora de Cambremer, quien exclama: “¡En nombre del cielo! Después de un pintor como Monet, que no es sino un genio, no vaya a nombrar a un viejo rutinario sin talento como Poussin. Le diré sin empacho que me parece el más aburrido de los aburridos”.

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Nicolas Poussin “La Naissance de Bacchus” (1657)

El Narrador no posee la misma opinión de Poussin, pero comparte totalmente la idea de que Monet es un genio. Igual que Degas, a quien el Narrador cita varias veces en la novela como ejemplo de artista de su época y cuyos motivos iconográficos, como  las carreras de caballos, a las que el Narrador asiste en Balbec, le parecen una gran aportación a la pintura de su época. Igualmente ocurre con la música, el Narrador defiende a Debussy y cita sus obras, pero también sostiene el gusto de Debussy por Chopin, a quien considera un antecedente del músico contemporáneo. También Wagner es comentado por el Narrador, a quien considera un gigante.

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Degas: “Le Champ de courses” (1876 -1887)

En este sentido, la figura de Elstir representa al gran pintor moderno, de cuya obra el Narrador tendrá una revelación al contemplar todos sus cuadros con el distanciamiento que el arte necesita para su verdadera apreciación:  “Sólo que una vez que me quedé mano a mano con los Elstir, me olvidé por completo de la hora de cenar; de nuevo, como en Balbec, tenía ante mí los fragmentos de este mundo de colores desconocidos, que no era sino la proyección, la manera de ver peculiar de este gran pintor y que en modo alguno traducía sus palabras. Los trechos de pared cubiertos de pintura suyas, homogéneas todas entre sí, eran como las imágenes luminosas de una linterna mágica, que hubiera sido en el caso presente la cabeza del artista, y cuya rareza no hubiera podido sospecharse mientras no se hubiese hecho más que conocer al hombre (…)”

Proust es muy probable que nunca se haya cruzado con Seurat, dada la corta vida del pintor y la escasa repercusión de su obra fuera de los círculos de artistas afines. A ello se suma la especial vida que llevó Proust , muchos días recluido en su casa aquejado por sus problemas respiratorios y recibiendo noticias de exposiciones y artistas por vías indirectas. Según los testimonios de sus amigos, prácticamente no iba a exposiciones o museos, y entre las muy pocas muestras de artistas consignadas en testimonios sobre el escritor no existe ninguna en la que hubiera podido contemplar alguna obra de Seurat.

Sin embargo, muchos elementos de la estética proustiana son compartidos por la pintura de Seurat. Ambos artistas parten del impresionismo, de la teoría de que las impresiones del artista son la base de la elaboración de sus imágenes, sean éstas literarias o pictóricas, para llegar a una imagen final depurada y esencial, prototípica, verdadero destilado del tema abordado.

Elstir, el pintor de En busca del tiempo perdido, es la creación de Proust que resume todas las características de los pintores de su época, y en él ha volcado su conocimiento de la historia del arte tanto como su idea de cuáles deben ser los elementos presentes en el artista genuino. En el segundo volumen de En busca del tiempo perdidoA la sombra de las muchachas en flor, el Narrador viaja con su abuela a Balbec, el prototipo de puerto‐balneario de la costa normanda inventado por Proust, que es la condensación de todos los puertos de mar que frecuentarán los pintores durante el verano en busca de paisajes marinos, entre ellos Seurat. La abuela del Narrador le sugiere a su nieto que visite a Elstir, cosa que hace a desgano, desconociendo la importancia que tendrá luego en el discurrir de los acontecimientos posteriores de su vida. El Narrador, en un día de caluroso verano, se decide a tomar el tranvía para ir a la casa del pintor, que vivía en una fea villa a las afueras de Balbec, lejos del paseo del dique, que el pintor había elegido a pesar de su pretenciosidad porque era el único sitio en el que podía tener un estudio amplio. Cruzando el jardín de lo que podía ser cualquier casa burguesa de París, el Narrador entra en el estudio del pintor y se produce una revelación, porque el mundo del pintor lo envuelve con toda su creatividad poética: “Pero pasados todos estos contornos empapados de fealdad ciudadana, cuando me vi en el estudio ya no me fijé en las molduras color chocolate de los zócalos y me sentí henchido de felicidad, porque, gracias a todos los estudios de color que tenía alrededor, me di cuenta de la posibilidad de elevarme a un conocimiento poético, fecundo en alegrías, de muchas formas que hasta entonces no había yo aislado del espectáculo total de la realidad”.

A partir de este momento el Narrador comprenderá la posibilidad de elaboración de la realidad que tiene la pintura y cómo sus imágenes son más reales que la realidad misma puesto que están atravesadas por el mundo espiritual del artista. El Narrador lo sintetiza así: “Y el taller de Elstir se me apareció cual laboratorio de una especie de nueva creación del mundo, en donde había sacado del caos en que se hallan todas las cosas que vemos, pintándolas en diversos rectángulos de telas que estaban colocadas en todas formas; aquí, una ola que aplastaba colérica contra la arena su espuma de color lila; allá, un muchacho vestido de dril blanco, puesto de codos en el puente de un barco. La americana del joven y la salpicadora ola habían cobrado nueva dignidad por el hecho de que seguían existiendo, aunque ya no eran aquello en que aparentemente consistían, puesto que la ola no podía mojar y la americana no podía vestir a nadie”.

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Seurat: Dibujos preparatorios para “Une baignade à Asnières”

Esta propiedad ordenadora, a la vez que creadora de mundos, es una de las características más notables de la pintura de Seurat, que nunca se propuso reflejar simplemente lo que veía sino elevar a un mundo ideal los elementos de la realidad. La imagen de Seurat recorta los elementos del entorno y los reordena en una composición diseñada íntegramente por el artista, en la que vivirán eternamente como los personajes del cuadro de Elstir que describe Proust. Pensemos, por ejemplo, en sus dos primeras “grandes telas”, como el propio Seurat llamaba a algunas de sus composiciones, entre las que se contaban Une baignade. Asnières y Un dimanche à la Grande Jatte. Los múltiples dibujos preparatorios  y óleos de pequeño formato que realiza Seurat antes de acometer las pinturas definitivas muestran que su punto de partida son sus impresiones frente a la naturaleza y los personajes reales, pero en su forma final han sido colocados en un mundo distinto, el de la creación pictórica, que los convierte en figuras ideales.

En el estudio de Elstir el Narrador se ve rodeado por marinas pintadas en Balbec. Es lógico que así sea, porque desde mediados del siglo XIX los artistas se desplazaban a la costa norte en busca de paisajes marinos que les permitieran plasmar los juegos de luz y reflejos en los que se basaba la nueva doctrina pictórica. Durante el invierno los artistas, incluido Seurat, pintaban sus telas de estudio, con modelos o composiciones que suponían mayor tiempo de dedicación. En los veranos aprovechaban para hacer bocetos rápidos, dibujos o pequeños óleos, plantando sus ligeros caballetes a plena luz del sol.

Esta tradición de trabajo había sido inaugurada por los paisajistas como Jongkind o Boudin, y Honfleur, en la costa normanda era un sitio de referencia para la pintura de paisaje al aire libre. En lo que fue una verdadera revolución para la pintura, los pintores se colocaban “sobre el motivo”, es decir colocaban su caballete en plena naturaleza, frente al motivo que iban a pintar, o plasmaban en rápidos gestos de acuarela lo que luego en el taller trasladarían al lienzo.

Toda la costa normada, pequeños puertos o balnearios de lujo como Trouville o Deauville, atraían a los pintores que buscaban la magia de la luz y los reflejos en el agua. El impresionismo había puesto todo el énfasis en los juegos de luz y en los efectos que produce sobre las cosas y sus colores. Las sombras son azules, los reflejos son rosados o amarillentos. Monet, que se había desplazado varias veces a la costa norte, pintó multitud de paisajes marinos con su técnica impresionista. Morisot, Renoir y Cézanne también habían preferido el mar para ejercitar las nuevas teorías acerca de la luz y el color.

Seurat: "Port-en-Bessin, Entrance to the Harbor" (1888)
Seurat: “Port-en-Bessin, Entrance to the Harbor” (1888)

Seurat, como Elstir, tiene varias series de marinas, realizadas en sus diversas estancias en la costa, que figuran entre las obras más interesantes y sugerentes de su producción. Cada verano, como el pintor proustiano, se instalaba en un sitio costero ‐ aunque no en una villa pretenciosa, como Elstir, sino en modestas pensiones que era lo que su precaria economía le permitía. En 1885 pasa el verano en Grandcamp, en 1886 en Honfleur, en 1888 en Port‐en‐Bessin, en 1889 en Le Crotoy y en 1890, unos meses antes de su muerte, en Gravelines. De todos estos sitios se conservan magníficas marinas, en general melancólicas representaciones en las que la presencia humana está sugerida por algún velero en la lejanía. Se trata de obras muy poéticas, en las que se retrata un mar en calma, en las que el preponderante sentimiento de nostalgia fue visto por muchos críticos, en el momento de su exposición y póstumamente.

Proust describe unos sentimientos parecidos en la contemplación de las marinas de Elstir. Dice el Narrador: “Yo vi muy claro que el encanto de cada una de esas marinas consistía en una especie de metamorfosis de las cosas representadas, análoga a la que en poesía se denomina metáfora, y que si Dios creó las cosas al darles un nombre, ahora Elstir las volvía a crear quitándoles su denominación o llamándolas de otra manera.”  “La obra de Elstir estaba hecha con los raros momentos en que se ve la Naturaleza cual ella es, poéticamente. Una de las metáforas más frecuentes en aquellas marinas que había por allí consistía justamente en comparar la tierra al mar, suprimiendo toda demarcación entre una y otra. Y esa comparación tácita e incansablemente repetida en un mismo lienzo es lo que le infundía la multiforme y potente unidad, motivo, muchas veces no muy bien notado, del entusiasmo que excitaba en algunos aficionados la pintura de Elstir.”

También Seurat ve la Naturaleza poéticamente, y también son sus marinas las obras que suscitaron los mayores elogios entre los entendidos de su momento, incluso por delante de sus “grandes telas”. Su melancolía y tono nostálgico, producido por los encuadres inusuales influidos por el grabado japonés, o por las inmensas superficies de pinceladas coloridas que representan el mar, son una metáfora de la espiritualidad que la contemplación de la naturaleza puede producir en el artista.

Sólo en algunos casos ha realizado los óleos de mayor formato directamente, porque en general pintaba pequeños tableros de madera, que eran fácilmente transportables, en los que reproducía distintas visiones del objeto que luego formalizaría en su óleo sobre tela de mayor tamaño. La experiencia del trabajo a plena luz y las modificaciones que se producen en la visión de los objetos a distintas horas del día le permitía, también, sacar lecciones acerca del color que luego le servían para cualquier tipo de representación. Era un “laboratorio”, como llama Proust al taller de Elstir desde el que puede divisarse el mar y en el que el pintor pasaba largas horas del día.

Seurat: "La greve du Bas Butin in Honfleur " (1886)
Seurat: “La Grève du Bas-Butin in Honfleur ” (1886)

En 1886, poco después de su participación en la última exposición impresionista, Seurat viaja a Honfleur y permanece allí hasta mediados de agosto. Su elección de este puerto, que había sido económicamente importante pero que ahora, sustituido por Le Havre, dormitaba ofreciendo sus inmejorables vistas marinas, le remite a la tradición pictórica francesa e inglesa a la que Proust adscribía también a Elstir.  Uno de sus cuadros más hermosos de este período es La Grève du Bas‐Butin, en el que representa los acantilados que se hunden en la arena y un mar que se confunde con el cielo, tan sólo poblado por unas pequeñas velas blancas. El Narrador describe una marina de Elstir en la que, como en el cuadro de Seurat, “Aún había otras leyes de visión que derivaban de ese mismo cuadro, como la gracia liliputiense de las velas blancas al pie de los enormes acantilados, en aquel espejo azul donde estaban posadas como mariposas dormidas, o unos contrastes entre la profundidad de las sombras y la palidez de la luz.” La descripción del Narrador podría haber sido realizada en la contemplación de la La Grève du Bas‐Butin, tanto se asemejan los elementos descriptos a la pintura de Seurat y, sobre todo, en ese contraste entre la masa imponente del acantilado y la ligereza del mar y el cielo confundidos en el azul, punteados por las pequeñas velas blancas.

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Seurat “Port-en-bessin, les grues et la percee” (1888)

En 1888 encontramos a Seurat en Port‐en‐Bessin, un pequeño y modesto puerto marino que ofrecía albergue a los veraneantes. Sus obras de este periodo son magníficas, y el  hecho de que no se conserven estudios preparatorios para sus óleos nos habla de la gran seguridad adquirida por Seurat en la realización de sus paisajes marinos. Las seis telas conservadas pueden ponerse en paralelo con las de Honfleur, reflejando esa naturaleza apacible y calma que tanto le atrae. También aparecen los acantilados en Port‐en‐Bessin, les grues et la percée , sombreados de azules y verdes, en contraste con el azul claro del mar, en una miríada de pequeñas pinceladas de diversos matices, que se continúa con el cielo.

El resto de pinturas de esta estadía son visiones del puerto. El Narrador describe una pintura de Elstir que se ajusta perfectamente a las búsquedas de Seurat en esas representación del puerto del pequeño pueblo de pescadores. Dice Proust: “En un cuadro reciente, que representaba el puerto de Carquethuit, y que yo miré mucho rato, Elstir preparó el ánimo del espectador sirviéndose para el pueblecito de términos marinos exclusivamente y para el mar de términos urbanos. Por aquí las casas ocultaban una parte del puerto; más allá una dársena de calafateo o el mar penetraban en la tierra formando golfo, cosa tan frecuente en esta costa; al otro lado de la punta avanzada en que estaba emplazado el pueblo asomaban por encima de los tejados (a modo de chimeneas o campanarios) unos mástiles que por estar así colocados parecían convertir a los barcos suyos en una cosa ciudadana, construida en la misma tierra (…)”. El Narrador se refiere a lo representado como a “un cuadro místico e irreal”. Y efectivamente, también las obras de Seurat de este momento, sobre todo la vista de Port‐en‐Bessin en la que, excepcionalmente,  aparecen tres personajes,  poseen un tiempo detenido, una acción que no llega a realizarse, la eternidad de la naturaleza aplicada también a los productos del hombre o incluso a los propios seres humanos representados.

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Seurat: “Port‐en‐Bessin” (1888)

Sin embargo, los diseños preparatorios de Seurat y sus dibujos demuestran que el origen de sus imágenes es el motivo en la naturaleza, y sus descripciones de los lugares pueden contrastarse con fotografías de época. En esto, sin duda, sigue los preceptos impresionistas, que habían instaurado la necesidad de comenzar a pintar los paisajes directamente del natural y no en el estudio. Pero los óleos finales son reelaborados, incluso repintados en épocas posteriores, quitando la rapidez del gesto de la obra realizada al aire libre y asimilando su obra a lo que serán sus grandes telas de estudio. El Narrador le comenta a Elstir : “¡Cuánto me gustaría ir a Carquethuit! –añadí, sin pensar que el carácter nuevo, tan potentemente manifestado en el “Puerto de Carquethuit”, acaso provenía de la visión del pintor y no de ningún mérito especial de esa playa–.” Proust deja asentado aquí lo que será una de sus premisas estéticas más importantes, la de que el artista somete la realidad a la matriz de sus formulaciones estéticas y es esta realidad espiritualizada la que nos seduce, no aquella de la que el artista ha partido para realizar la obra. “El genio artístico, dice el Narrador, obra a la manera de esas temperaturas sumamente elevadas que tienen fuerza para disociar las combinaciones de los átomos y agruparlos otra vez con arreglo a un orden enteramente contrario y que responde a otro tipo”.

En toda la obra de Seurat existe una voluntad de reelaboración de los datos de las impresiones de las que ha partido para conseguir una imagen fuera del tiempo, incluido el del pintor. No hay una diferencia sustancial entre sus pinturas en la naturaleza y sus “grandes telas”, sus pinturas de ciudad y de ocio realizadas en el taller.

 

 

 

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