El concepto de “impresión” atraviesa las estéticas de Seurat y de Proust como la materia prima de la cual parte el artista, los elementos de la realidad que serán luego transformados por el deseo de forma del artista. Aunque también hemos de subrayar que para ninguno de los dos artistas se trata de un punto de llegada, pues existe de por medio la profunda elaboración de dichas impresiones, a diferencia de los impresionistas de la generación anterior que pretendían ser lo más fieles posible a los datos obtenidos de la naturaleza en un contacto inmediato.

Proust considera que las impresiones se van acumulando en nuestra memoria y es a través de ella que el artista y el lector acceden a la experiencia. En Por el camino de Swann dice el Narrador que comprende la “(…)contradicción que hay en buscar en la realidad los cuadros de la memoria, porque siempre les faltaría ese encanto que tiene el recuerdo y todo lo que no se percibe por los sentidos. La realidad que yo conocí ya no existía.(…). Los  sitios que hemos conocido no pertenecen tampoco a ese mundo del espacio donde los situamos para mayor facilidad. Y no eran más que una delgada capa, entre otras muchas, de las impresiones que formaban nuestra vida de entonces; el recordar una determinada imagen no es sino echar de menos un determinado instante, y las casas, los caminos, los paseos, desgraciadamente, son tan fugitivos como los años.” Este es el punto débil de las impresiones para Proust, son fugitivas, se volatilizan como las cosas que las han provocado. Contra ello se alza la memoria, que es el reservorio de imágenes que utiliza el artista.

También Seurat transforma las impresiones en formas profundamente elaboradas gracias a la memoria y a los bocetos y óleos previos que ha realizado y que actúan a manera de ayudantes de la memoria. No es inusual que en ellos aparezcan incluso anotaciones de colores, que el artista tendrá en cuenta luego a la hora de verter las formas al lienzo definitivo. Las impresiones estarán allí, en la obra final, pero como decía Proust, profundamente transformadas por la memoria y por la voluntad formalizadora del artista.

En A la sombra de las muchachas en flor  dice el Narrador: “Nos sería menester un esfuerzo tan grande para volver a crear todo lo que nos fue ofrecido por algo que no somos nosotros –aunque sea el sabor de una fruta– que apenas recibimos la impresión bajamos insensiblemente por la cuesta del recuerdo, y sin darnos cuenta al poco rato estamos ya muy lejos de lo que sentimos.”

Para Proust no hay una diferencia sustancial en la manera en que actúa la memoria como organizadora de la experiencia y de las impresiones y sensaciones en el contemplador de una obra de arte o en el artista, y ni siquiera la hay en nuestra manera de actuar en la vida cotidiana. Cuando el Narrador oye la sonata del músico Vinteuil, que será uno de los temas estéticos de En busca del tiempo perdido, dice : “La memoria es incapaz de darnos inmediatamente el recuerdo de esas múltiples impresiones. Pero ese recuerdo se va formando en ella poco a poco, y ocurre con esas obras oídas dos o tres veces lo que le sucede al colegial que leyó varias veces la lección antes de dormirse, creyendo que no se la sabía, y al otro día se despierta recitándola de memoria.”

La memoria proustiana es una elaboración que tiene poco que ver con lo que habitualmente entendemos por memoria. No se trata de una función para simplemente “recordar”, sino que es una verdadera función de elaboración de nuestras experiencias, la que nos proporciona la medida real de lo que hemos vivido.

En un pasaje del primer tomo de En busca del tiempo perdido,  el Narrador cuenta una experiencia que actúa sobre él a manera de una iluminación y le proporciona la clave del entendimiento de cómo funciona nuestra memoria en la elaboración de nuestro pasado. Es el momento en que una magdalena, saboreada junto a una taza de té, le evoca todo un mundo de sensaciones y sentimientos de su pasado infantil. Este pasaje ha sido siempre asociado a la obra proustiana y ha quedado como uno de los momentos paradigmáticos de la novela. Cuenta el Narrador que  una tarde fría de invierno, en un día melancólico y con la perspectiva de otro igualmente triste,  su madre le propone tomar una taza de té, algo de lo que no tenía costumbre. Se lo sirve con una magdalena y en el momento en que  se lleva a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena algo ocurre en su ánimo: ” Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal.”

El Narrador busca, entonces, el origen de esa sensación, que estaba provocada por la magdalena mojada en té, pero que la excedía absolutamente. Pronto comprende que no está en el objeto sino en sí mismo, que ha tocado una tecla que ha despertado sensaciones dormidas en su alma, que lo que está dentro suyo es la imagen y el recuerdo visual enlazado a aquel sabor. Entonces el Narrador accede a la experiencia que será una piedra de toque de la concepción proustiana del tiempo y la memoria: “Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tilo, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa), cuando iba a darle los buenos días a su cuarto”. La dicha que experimenta no es otra que la de recuperar los momentos de su infancia en Combray, : “así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té.”

En el último tomo de su novela, El tiempo recobrado , Proust vuelve a ese tipo de experiencias fortuitas que le sirven para desarrollar más extensamente su teoría de la memoria involuntaria que actúa sobre las impresiones que hemos recibido : “No me paré a pensar en la gran diferencia que existe entre la verdadera impresión que hemos tenido de una cosa y la impresión ficticia que nos damos cuando intentamos voluntariamente representárnosla. Recordando demasiado la relativa indiferencia con que Swann podía hablar en otro tiempo de los días en que había sido amado, porque bajo estas palabras veía otra cosa que no eran ellos, y el súbito dolor que le causó la pequeña frase de Vinteuil evocándole aquellos mismos días tales como antaño los sintiera, me daba demasiada cuenta de que lo que la sensación de las losas desiguales, la rigidez de la servilleta, el sabor de la magdalena despertaron en mí no tenía ninguna relación con lo que yo procuraba muchas veces recordar de Venecia, de Balbec, de Combray, con ayuda de una memoria uniforme (…)”

La impresión completa que recibimos en un momento dado, hecha de olores, colores, sensaciones, sentimientos, es dividida por la inteligencia para quedarse solamente con una parte. Pero la memoria involuntaria se desencadena sin que podamos controlarla  cuando se produce la asociación con algo que tiene que ver con la impresión inicial, la vuelve a nuestra conciencia en toda su riqueza de sensaciones y sentimientos:

“‐aquí reflejo rosa de la tarde sobre la pared florida de un restaurante campestre, sensación de hambre, deseo de mujeres, placer de lujo; allí volutas azules del mar mañanero envolviendo unas frases musicales que emergen parcialmente de él como los hombros de las ondinas‐ el gesto, el acto más sencillo permanece clausurado como en mil vasos cerrados cada uno de los cuales estuviera lleno de cosas de un calor, de un olor, de una temperatura absolutamente diferentes; sin contar que estos vasos, dispuestos en toda la altura de nuestros años en los que no hemos dejado de cambiar, aunque sólo sea de sueño y de pensamiento, están situados en alturas muy diversas y nos dan la sensación de atmósferas muy variadas”.

Esta experiencia compleja e inconsciente de memoria involuntaria, que poco tiene que ver con el ejercicio voluntario de recordar, es la que el Narrador considera la verdadera materia de lo que será su novela, el verdadero material del arte.  Las impresiones del artista pertenecen a la vez al presente y al pasado, hasta hacerle dudar, dice el Narrador, en cual de los dos momentos se encuentra, convirtiendo la experiencia en “extratemporal”. Se trata de  una identidad entre el presente y el pasado que solamente puede vivir fuera del tiempo, apresar un instante de tiempo en estado puro. “El ser que renació en mí cuando, con tal estremecimiento de felicidad, percibí el ruido común a la vez a la cuchara que choca con el plato y al martillo que golpea la rueda, a la desigualdad de las losas del patio de Guermantes y del bautisterio de San Marcos, etcétera, ese ser se nutre sólo de la esencia las cosas, sólo en ella encuentra su subsistencia (…)”.  Y agrega el Narrador, en una sentencia que resume toda su doctrina estética: “Un minuto liberado del orden del tiempo ha recreado en nosotros, para sentirlo, al hombre, liberado del orden del tiempo”.

Para Proust las nociones que capta la inteligencia tienen algo menos profundo, menos necesario, que las que obtenemos de una impresión, que proviene de nuestros sentidos pero en la que se encuentra el espíritu. Así, el Narrador se propone encontrar la esencia de las cosas a través de esas impresiones y reminiscencias que la memoria involuntaria le procura, convertirlas en un equivalente espiritual. “Ahora bien, este medio que me parecía el único, ¿qué otra cosa es que hacer una obra de arte?”, dice el Narrador.  Y en otro momento de la novela agrega: “Entonces surgió en mí una nueva luz, menos resplandeciente sin duda que la que me había hecho percibir que la obra de arte era el único medio de recobrar el Tiempo perdido”.

Esas impresiones que se le aparecen al Narrador son fortuitas, no pueden elegirse a su antojo, y en ello reside, precisamente su autenticidad, su pugna por salir a la luz de la conciencia, de un pasado que resucita. Su comprensión, en la que regla alguna puede ayudar al artista, consiste en un acto de creación en el que nadie puede sustituirle ni siquiera colaborar con él. Es el momento en el que puede actuar la imaginación, que, dice Proust, solamente puede aplicarse a aquello que no está presente, que no está frente a nosotros. Imaginación, entonces, es la pareja de experiencias del pasado. Y ello le permite al Narrador ” lograr, aislar, inmovilizar ‐el instante de un relámpago‐ lo que no apresa jamás: un poco de tiempo en estado puro.”

La impresión, entonces, es el centro de la concepción proustiana del arte. El artista no parte de ideas sino de impresiones, ya que éstas, por pequeña que sea su huella, son las que ofrecen la verdad que la inteligencia no es capaz de proporcionar.  La impresión, dice Proust, es para el escritor (y podemos extender al artista en general) como la experimentación para el sabio, con la diferencia de que en el sabio el trabajo de la inteligencia precede y en el del escritor viene después. Ello supone, para Proust que la obra de arte preexiste en el artista, tiene que descubrirla en su espíritu, es a la vez necesaria y oculta. Su trabajo consiste en tener el valor de hacer pasar a la impresión por todos los estadios sucesivos que acabarán en su fijación, en su expresión. Dice: “(…) la grandeza del arte verdadero, (…) estaba en volver a encontrar, en captar de nuevo, en hacernos conocer esa realidad lejos de la cual vivimos, de la que nos apartamos cada vez más a medida que va tomando más espesor y más impermeabilidad el conocimiento convencional con que sustituimos esa realidad que es muy posible que muramos sin haberla conocido, y que es ni más ni menos que nuestra vida. La verdadera vida, la vida al fin descubierta y dilucidada, la única vida, por lo tanto, realmente vivida es la literatura; esa vida que, en cierto sentido, habita a cada instante en todos los hombres tanto como en el artista.” El arte nos permite salir de nosotros mismos, vivir otros mundos que están a nuestra disposición y que son tan variados y múltiples como grandes artistas hay en la historia del arte.

Para Proust no hay gran diferencia entre la labor del escritor y la del pintor. Si al escritor le gustaría poder hacer como el pintor, croquis y dibujos previos de sus impresiones ‐ tal como hacía Seurat‐  y eso es imposible porque mataría la imaginación, sin embargo a la hora de escribir procede como el pintor, componiendo sus personajes con infinitos retazos de seres conocidos, recordados, momentos que provienen de su memoria y que actúan a la manera de los croquis de los pintores.

Seurat no es un artista teórico. Sus principales escritos teóricos se reducen a dos textos. El primero, titulado Esthétique, de 1890, es una carta nunca enviada al periodista Marcel Beaubourg, y el segundo es una carta escrita al crítico de arte Félix Fénéon a propósito de su papel en el seno del Neo‐impresionismo que consideraba no había sido justamente reseñado. En el resto de su correspondencia ni siquiera se ha explayado mucho, siendo sus cartas pocas y poco significativas. Sin embargo, en sus obras encontramos una concepción del arte y del tiempo muy en sintonía con las ideas de Proust que hemos visto desarrolladas en boca del Narrador de En busca del tiempo perdido. Sus escritos se refieren sobre todo a su interés por las búsquedas científicas‐ o pseudo‐científicas‐ alrededor de la visión y omiten lo que es más interesante y trascendente de su obra para la historia del arte: su búsqueda de lo esencial de la imagen, de esa impresión convertida, luego de un proceso de formalización, en imagen fuera del tiempo.

No todos los pintores expresan teóricamente lo que está presente en sus obras, más bien estos casos son la excepción. Para el pintor sus ideas acerca de la naturaleza del arte y de sus búsquedas originales están en la propia pintura, en lo que ella nos transmite, porque como dice Proust, tanto para el pintor como para el escritor el estilo es indisociable de aquello que se quiere decir.

También la obra de Seurat ha conseguido apresar un momento del Tiempo, como dice Proust sobre su gran novela En busca del tiempo perdido, fijarlo para siempre, detener su curso imparable en el mundo de la experiencia cotidiana. Pero es que para Seurat, tanto como para Proust ‐ y en ello se diferencian de los impresionistas‐ lo que importa es la reelaboración de esa impresión que conseguirá apartar a la imagen resultante del orden del Tiempo. Podemos seguir ese proceso en la elaboración de sus paisajes marinos, desde los croquis y óleos sobre cartón a la imagen final, pero también, y de una manera muy especial en lo que el propio Seurat llamaba sus “grandes telas”, grandes no solamente en su inusual tamaño sino también por el esfuerzo de concepción y realización que le supusieron.

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Seurat: “Vue de Fort Samson” (1885)
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