“Caminaba mucho tiempo por los acantilados, siempre subiendo, exaltándose sin duda cada vez más con sus pensamientos, pues desde abajo le veíamos andar cada vez más deprisa, correr, sacudir la cabeza, hasta que llegaba a la casita de un farero en un lugar por donde nunca pasa nadie. Y allí, en aquel lugar verdaderamente sublime escrutaba el vuelo de los pájaros que pasaban sobre el mar, escuchando el viento, mirando el cielo, a la manera de los antiguos augures, no como un presagio del futuro, sino mas bien, por lo que llegué a comprender, como una remembranza del pasado: pues unas gotas de lluvia que empezaban a caer, un rayo de sol que reaparecía, bastaban para recordarle otoños lluviosos, veranos soleados, épocas enteras de su vida, horas oscuras de su alma que entonces se iluminaban, hasta embriagarle de recuerdo y poesía. Entonces, cuántas veces le divisamos, escondidos, mi amigo y yo. Parecía mirar enfrente algo que no comprendía bien. Y, con una serie de  movimientos enérgicos y delicados, sobre todo de las manos que se cerraban enérgicamente mientras levantaba la cabeza, todo su cuerpo parecía imitar los esfuerzos de su pensamiento. Luego, de repente, parecía contento, dispuesto a escribir. Entonces entraba en la casita del guardián del faro, donde un día de lluvia se refugiara un día,  y a la que luego volvió todos los días.”

Marcel Proust: “Jean Santeuil” (trad. de Mauro Armiño)

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