“Mientras T. tocaba un último vals, en cierta frase Jean sintió en el fondo de sí mismo algo que había vibrado. Se trataba sin duda de alguna melodía olvidada en la que figuraba  aquella misma frase, quizás simplemente el mismo acorde que, extrañado de oírse, se debatía en el fondo del olvido, intentaba volver a la vida, ser sentido y reconocido. Él no lo había reconocido y ya  se sentía triste. T. seguía tocando, pero Jean trataba de volver a oír aquella frase que de pronto había agitado algo en su interior, de volver a repetírsela, para que, al agitarle de nuevo varias veces terminase despertando del todo su conciencia, dormida en aquellos fondos. No podía coger otra vez la frase. Pero durante ese tiempo, lo que había vibrado en él se elevó hasta la conciencia plena. No era una frase que conociera, sino una sonoridad. Y esa sonoridad, ¡ay!, sí, está allí, la oye, y la ha reconocido, era la del viejo piano agrio de casa de M. Sandré. Por casualidad, al trabarse un poco, los dedos de T. sacaron de aquel buen piano un sonido exactamente igual de agrio que el del piano de M. Sandré. […]  Y la fotografía de todo aquello había ocupado su sitio en los archivos de su memoria, archivos tan enormes a los que en su mayor parte nunca iría a mirar, a menos que un azar se los hiciera abrir de nuevo, como había sido aquel tropiezo del pianista esa noche.”

M. Proust “Jean Santeuil” (trad. de Mauro Armiño)

Reynaldo Hahn al piano
Reynaldo Hahn al piano
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