“Pero nada podía compararse, cuando se bordeaba el vergel de Cotte, con la vista a través de los barrotes, durante cincuenta metros, de sus manzanos en espaldera que mostraban uno junto a otro, a distancias iguales, como en una ornamentación  de encanto incomparable, sus anchas flores blancas abiertas y de vez en cuando sus pequeños ramilletes rosa de botones rojizos, mientras las hojas proseguían por debajo , sin cesar un solo instante, el acompañamiento de su dibujo  inimitable  y sobre el que ningún árbol frutal consiguió engañarnos. Si tenemos la desgracia de llegar al campo demasiado tarde, cuando los manzanos han perdido sus flores, la sola vista de esta hermosa hoja, de la que conocemos toda la poesía deslumbrante que puede soportar, nos provoca añoranzas que ninguna flor, por bella que sea, puede colmar, y nada más ver la pelusilla finamente organizada de los pistilos que estaban en el corazón de la flor, como una especie de oscuro y misterioso coro en el seno de una resplandeciente basílica, la sola vista de estos pistilos nos provocará más añoranza, y al mismo tiempo nos causará más placer, despertará en nosotros más amor que la vista de las más bellas flores del mundo. Y ese placer infinito por el que, paseando por un vergel, reconocemos de pronto esas flores blancas del manzano, su hojas y los ramilletes rosa de sus botones, es un placer moral. La razón por la que la vista de los blancos perales, de los rosales rosa de Pensilvania no puede reemplazarla en nosotros, es una razón que está en el fondo de nuestro corazón.[…] Pues lo que nos fascina  en el placer que experimentamos es algo que sentimos en el fondo, algo que no es hoy porque dentro está un sentimiento de un antaño en el que veíamos manzanos semejantes, y que tampoco es antaño solamente..”

M. Proust “Jean Santeuil” (trad. de Mauro Armiño)

Yvette G. : Les pommiers de Mereglise
Yvette G. : Les pommiers de Mereglise
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