“Como de nuevo empezaba a llorar sintió frío, y fue a su gabinete de aseo en busca de algo que echarse sobre los hombros.Como la mano seguía temblando y como loca, no realizó como de costumbre la pequeña revolución matemática consistente, dada la oscuridad del armario, en deslizarla sobre los diversos terciopelos, sedas y rasos de los viejos abrigos de su madre que, como no se los ponía ya desde hacía años, los había guardado allí, en notar por el vacío que indicaba una depresión  la jamba de madera muy retirada que separaba esos abrigos de los de Jean, y a la segunda tela rugosa en descolgarla de la barra que los mantenía derechos.No, la mano arrancó el primer abrigo que encontró. Era un abrigo de terciopelo negro ribeteado de cordoncillo, forrado de raso color cereza y de armiño, que, maltratado por la violencia dle golpe, entró en la habitación del puño de Jean como una muchacha que un guerrero arrastra del pelo. Así lo blandía Jean, pero aún no habían caído sus ojos sobre él cuando sintió el olor indefinible de aquel terciopelo que ya olía cuando, diez años antes, iba a dar un beso a su madre, entonces joven, brillante, feliz, preparada para salir, y cuando al pasar sus brazos alrededor de su cintura sentía el terciopelo chafado bajo su mano, y cuando los cordoncillos le acariciaban las mejillas mientras su boca respiraba sobre la frente de su madre toda la felicidad con que ella resplandecía y que parecía prometerle. Turbado, miró el abrigo que, en sus colores todavía vivos, en su terciopelo aún suave, se parecía a aquellos años que ya no servía de nada, sin relación con la vida, pero no marchitos, intactos en su recuerdo.

Nadar: Jeanne Weil
Nadar: Jeanne Weil

Lo acercó a su nariz, sintió el terciopelo deshacerse aún bajo su mano, y creyó que abrazaba a su madre la noche en que, acompañada de M. Sandré que todavía estaba válido, y joven, bella sin haber conocido la pena ni la enfermedad, partía para Ma camaradela obra que daban aquel invierno, radiante del placer que iba a disfrutar, triste únicamente por dejar a Jean, pero conservando en su corazón las vastas esperanzas que entonces concebía para su futuro y depositando en su mejilla antes de subir al coche, con sus labios bellos entonces y frescos, un beso límpido como su confianza y como su felicidad.”

M. Proust “Jean Santeuil” (trad. de Mauro Armiño)

9788415578482

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