1.-LUCHINO VISCONTI: “Il Gattopardo” (1963)

“Entonces, no es exacta la versión que algunos periodistas pusieron en circulación durante el rodaje, según la cual habrías dado la espalda a la clave realista de El Gatopardo para dedicarte en exclusiva a los aspectos más elusivos, oníricos, sensibleros y, como suele decirse peyorativamente, melodramáticos de la novela, ¿no?

Espero que el resultado del trabajo que nos hemos tomado tanto yo como mis colaboradores dé una respuesta categóricamente negativa a estas opiniones. En primer lugar, no creo que se pueda separar los distintos momentos poéticos de la novela de Lampedusa: quien lo crea así es, evidentemente, un mal lector o, a al menos, un mal lector de El Gatopardo. Hubo también quien escribió, planteando en un plano más serio y noble la disyunción a que te has referido, que lo que me habría fascinado de El Gatopardo habría sido sobre todo el momento de la «memoria» y de la «premonición», del doloroso refugiarse en el pasado y de los presentimientos oscuros, inconfesados e irracionales de una catástrofe imprecisa y que, por tanto, me habría situado en una posición más próxima a la de Marcel Proust, que a la de Giovanni Verga, por poner un ejemplo. Si semejante contraposición pretende situar a Proust entre los novelistas que niegan la relación entre vida interior y vida social, y a Verga entre quienes lo reducen todo a la dimensión de los hechos positivos, rechazo también esta alternativa como falsa y deformante. Estaría, en cambio, totalmente de acuerdo con quien señalase que en Lampedusa se encuentran y reconcilian los modos particulares de afrontar las cuestiones de la vida social y la existencia propios del realismo de Verga y los de la «memoria» de Proust. Con esta convicción releí la novela cientos de veces y con esta convicción realicé la película. Mi más honda ambición sería la de haber conseguido que Tancredi y Angelica en la noche del baile en el palacio Ponteleone recordaran a Odette y Swann, y que don Calogero Sedara, en sus relaciones con los campesinos y en la noche del plebiscito, evocara al maestro don Gesualdo. Asimismo, me gustaría que en la fúnebre mortaja que gravita sobre los personajes de la película, desde que se dicta la sentencia «si queremos que todo siga como está es preciso que todo cambie», resonara el mismo sentido de muerte y de amor- odio hacia un mundo destinado a morir entre esplendores deslumbrantes que Lampedusa asimiló tanto de la inmortal intuición verguiana del destino de los sicilianos, como de los claroscuros de la Recherche du temps perdu.”

ANTONELLO TROMBADORI: “Diálogo  con Visconti” (Rosellini y Visconti: cien años)

 

2.-FEDERICO FELLINI: “Amarcord”  (1974)

Amarcord: Proust a la italiana” (Guillermo Cabrera Infante “Ciao, Federico”, 1993).
Amarcord, in romagnolo “A m’arcord”, mi ricordo, la chiave di tutta la poetica felliniana, la cifra di un autore che, da quando fa cinema, nei suoi momenti più alti è sempre andato alla “ricerca del tempo perduto”, trovando nei ricordi, nella memoria, la fonte più viva della sua ispirazione, unico Poeta nella cultura italiana, che abbia saputo trasporre dalle lettere al cinema il mirabile congegno di Proust.” (Gian Luigi Rondi, Il Tempo, 1973)

 

 

3.-PAOLO SORRENTINO: “La grande bellezza” (2013)

“Cual magdalena de Proust, si pruebas La gran belleza van a inundarte recuerdos, imágenes pasadas y un gran deseo de volver atrás. O si más no, de volver a ver la película de Paolo Sorrentino.

Jep Gambardella, el escritor protagonista de La gran belleza, dice en un momento clave de la película que esperaba encontrar “la gran belleza” para volver a escribir. Lo cierto es que, dejando a parte el aval de los premios que ha conseguido, nos encontramos ante una “gran película” o una película de “gran belleza” y lo que ocurre estos casos es que, al contrario de lo que diga el personaje encarnado por Toni Servillo, no siempre es fácil escribir sobre ellas.

Lo que sucede con La gran belleza es parecido a lo que sucede en En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. No debe ser casualidad que el escritor francés sea uno de los citados en el filme junto a Louis-Ferdinand Céline y Gustave Flaubert. Sus imágenes te remiten a otro tiempo, a otro cine, al de maestros como Federico Fellini o Michelangelo Antonioni, a La dolce vita o a La aventura.

Hay más. A lo largo de las dos buenas horas y media que dura la película, como si hubiéramos probado la magdalena de Proust, revivimos unas vacaciones en Roma y nos encontramos deambulando por los alrededores de la piazza dei Cavalieri de Malta, pero sin nadie que nos abra la puerta de la villa que tiene una de las vistas del Vaticano más fotografiadas.

Los ecos se multiplican y la película de Paolo Sorrentino admite tanto un paralelismo con las famosas fiestas de Silvio Berlusconi como el ser una crítica punzante contra cierto arte contemporáneo, donde Gambardella no ve belleza alguna.

Una reivindicación de la nostalgia

Volvamos a seguir el hilo de Proust. Si en la novela tenemos los salones parisinos, en la película, las fiestas hedonistas de Gambardella y su círculo histriónico de amistades. Siguen las similitudes, pues los dos protagonistas son escritores. Más allá de las correspondencias, se desprende una parecida actitud.

En un momento de La gran belleza, uno de los amigos de Gambardella, subido a un escenario, exclama lo siguiente: «¿Qué tenéis contra la nostalgia? ¿Eh? Es la única distracción para quien no cree en el futuro. La única.»

En la vida de excesos de Gambardella hay un instante especial, uno sólo, por el que vale la pena vivir una existencia vacua, por el que uno podría dejarse caer en los brazos de una nostalgia que parece vedada en nuestros días de velocidades digitales. Como en El tiempo recobrado, uno puede recuperar ese tiempo mágico, ese segundo de una gran belleza y hacer que todo vuelva a empezar.”

LETICIA CASTELLSAGUER: “Una lectura proustiana de ‘La Gran Belleza’

 

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