1.-EL SUEÑO DE LA SIRENA.-

me llegó en sueños una tartamuda,
bizca en los ojos, y en los pies torcida,
descolorida y con las manos mancas.

Yo la miraba; y como el sol conforta
los fríos miembros que la noche oprime,
así mi vista le volvía suelta

la lengua, y bien derecha la ponía
al poco, y su semblante desmayado,
como quiere el amor, coloreaba.

F. Scaramuzza

Después de haberse en el hablar soltado,
a cantar comenzó, tal que con pena
habría de ella apartado mi mente.

«Yo soy -cantaba- la dulce sirena,
que en la mar enloquece a los marinos;
tan grande es el placer que da el oírme.

Yo aparté a Ulises de su incierta ruta
con mi cantar; y quien se me habitúa,
raramente me deja: ¡Así lo atraigo!»

B. Genelli: Purgatorio canto 19

Aún no se había cerrado su boca,
cuando yo vi una dama santa y presta
al lado de mí para confundirla.

«Oh, Virgilio, Virgilio, ¿quién es ésta?»
-fieramente decía,—; y él llegaba
en la honesta fijándose tan sólo.

Cogió a la otra, y le abrió por delante,
rasgándole el traje, y mostrándole el vientre;
me despertó el hedor que desprendía.

 

2.-EL ANGEL DE LA MISERICORDIA.-

Con alas, que de cisne parecían,
arriba nos condujo quien hablaba
entre dos caras del duro macizo.

Movió luego las plumas dando aire,
Qui lugent afirmando ser dichosos,
pues tendrán dueña el alma del consuelo.

«¿Qué tienes que a la tierra sólo miras?»
mi guía comenzó a decirme, apenas
sobrepasados fuimos por el ángel.

Y yo: «Me hace marchar con tantas dudas
esa nueva visión, que a ella me inclina,
y no puedo apartar del pensamiento.»

«Has visto –dijo- aquella antigua bruja
por quien se llora encima de nosotros;
y cómo de ella el hombre se libera.

 

3.-LOS AVAROS.-

Cuando en el quinto círculo hube entrado,
vi por aquel a gentes que lloraban,
tumbados en la tierra boca abajo.

Adhaesit pavimento anima mea’
oí decir con tan altos suspiros,
que apenas se entendían las palabras.

 

4.-EL PAPA ADRIANO V.-

Y él me dijo: «El porqué nuestras espaldas
vuelve el cielo hacia sí, sabrás; mas antes
scías quod ego fui succesor Petri

Entre Siestri y Chiavani va corriendo
un río hermoso, y en su nombre tiene
el título mi estirpe más preciado.

Cómo pesa el gran manto a quien lo guarda
del fango, provee un mes y poco más;
plumas parecen todas otras cargas.

Mi conversión tardía fue, ¡Ay de mí!;
pero cuando elegido fui romano
pastor, vi que la vida era mentira.

Vi que allí el corazón no se aquietaba,
ni subir más podía en esa vida;
por lo cual me encendí de amor por ésta.

Hasta aquel punto, mísera, apartada
de Dios estuvo mi alma avariciosa;
y, como ves, aquí estoy castigado.

Lo que hace la avaricia, se declara
en la purga del alma convertida;
no hay en el monte más amarga pena.

Me había arrodillado y quise hablarle;
mas cuanto comencé, y él se dio cuenta,
de mi respeto, sólo al escucharle,

«¿Por qué te inclinas —dijo- de ese modo?»
y le dije: «Por vuestra dignidad
estar de pie me impide mi conciencia.»

«¡Endereza las piernas y levanta,
hermano! -respondió–, no te equivoques:
de un poder mismo todos somos siervos.

 

 

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